La última bajada

La última bajada

Aquella madrugada, mientras dormía profundamente, el sonido de mi teléfono móvil me sacó del sueño de forma brusca. Era el tono de llamada que le tenía asignado a mi madre. Hacía muchos años que ya nadie me llamaba en plena madrugada, así que debía de ser importante. Me desperté sobresaltado, nervioso. No esperaba nada bueno. Lo primero en que pensé fue en mi abuela, que por aquel entonces vivía en mi casa. Dudé un par de segundos antes de coger el móvil. No dejaba de cavilar y el miedo a descolgar me oprimía todo el cuerpo, como si estuviera bajo un gran peso. Finalmente lo hice y pregunté, aunque ya sabía quién era y presentía qué había pasado. Mi madre, con voz temblorosa y sollozando, pronunció las aterradoras palabras que me atravesaron el pecho como una lanza, palabras que aún me arden como una herida abierta e infectada. «La abuela se ha muerto». Con la mayor frialdad que pude reunir y una voz calmada que ocultaba el dolor y la rabia, le dije a mi madre iría enseguida, y colgué, manteniendo la mirada perdida.

Mi mujer arrancó a llorar cuando le di la noticia. No se lo explicaba. Había estado la tarde anterior con nuestra hija en mi casa, visitando a mi madre y a mi abuela, y la había encontrado tan bien, tan normal, como siempre, que nada le hizo imaginarse tal desenlace. Me apresuré a coger mi ropa y a vestirme para salir cuanto antes. Me fue imposible enumerar y ordenar las imágenes, los recuerdos, los sentimientos que embargaban mi mente en esos instantes. Todo era tan extraño…

Mi Conchita, esa mujer que rebosaba bondad por cada arruga de su cara, de sus manos; esa mujer de pequeños y alegres ojos grises que tanta ternura inspiraba; esa mujer de dura infancia, de rodillas encalladas en los suelos de las casas en las que limpiaba, que fue recompensada en sus últimos años de vida con la imposibilidad de reconocer a su marido, a sus hijos y a sus nietos; de recordar los momentos felices y amargos, las risas, los almuerzos familiares en su casa los domingos y las celebraciones navideñas. Pero fueron esa personalidad tan positiva que siempre tuvo, esa generosidad y ese amor que emanaba lo que dejó huella en mí.

Pensé en todos los momentos vividos junto a ella y a mi abuelo, al cual tengo muy presente también. Reviví en mi cabeza mis inicios en la cocina, cuando era pequeño. Mi abuela me ponía a su lado y me enseñaba a picar pimientos para el sofrito de la comida, con un cuchillo que cortaba más por el mango que por la hoja, en la misma encimera en la que hoy trato de igualar el sabor de mis potajes a los suyos. Añoraba aquellos días, casi deseaba que volvieran. Me acordaba de las veces que me quedé a dormir en su casa, de ese afán de hacerme sentir seguro, querido, amado. Y cuánta gente iba a su casa y se sentaba frente a una mesa llena de platos, entre los que no faltaban el salchichón Turon, su singular ensaladilla y las espinacas con garbanzos. O aquella vez que, en un momento de lucidez de su enfermedad, acunó a mi hija entre sus brazos y la meció para tranquilizarla, para apaciguar su llanto. Eran tantos los recuerdos que me abrumaban aquella madrugada, era tanta la pena que sentía…

Llegué a mi casa y abracé a mi madre, que lloraba sin consuelo, y a mi hermana. Seguidamente, me dirigí a mi antigua habitación donde contemplé con tristeza, tapado hasta el cuello, con los brazos por fuera, el cuerpo sin vida de mi abuela. Permanecí un rato ahí de pie, observando cada centímetro de su cuerpo. No quería olvidar nada de ella. Luego me acerqué y la besé en la mejilla, de un tono más claro que de costumbre. Sentí en los labios la frialdad de su piel, una frialdad que me ahogaba, que ya había experimentado antes, dos veces. Al incorporarme, seguí mirándola, con sus ojos cerrados. No vería más sus ojos grises ni oiría más su voz, ni me reconfortaría más la calidez de sus besos y sus caricias. Ya nunca nadie me llamaría hermano como ella lo hacía. Ese ángel que siempre estaba a mi lado se había marchado, dejando en mi presencia una cáscara vacía, un mero vestigio de la persona que fue en vida, un cuerpo del que me resistía a separarme, pues era lo último que tenía de ella.

El último recuerdo que tengo de esa mañana, después del trasiego de familiares, personal sanitario y empleados de la funeraria, fue el del abrazo con mi primo, estando en el zaguán de mi casa, momento en el que ambos dejamos que nuestros sentimientos más profundos fluyeran, cuando los empleados de la funeraria pasaron delante nuestra portando el cuerpo inerte y amortajado de nuestra Conchita, pues sabíamos que ya no íbamos a  volver llevarla de una casa a otra, a subirla en su silla como la reina que era. Los dos sabíamos que ésa era su última bajada.

3 thoughts on “La última bajada

  1. Bienvenidos a mi blog. Como no podía de ser otra forma, estreno con una entrada dedicada a una persona que significó mucho en mi vida, que fue como mi segunda madre, y que por desgracia, ya no tengo a mi lado.

    Abuela, los éxitos de este blog, a ti irán dedicados.

    Saludos a todos mis futuros lectores. Espero que disfrutéis entre estas páginas.

    1. ¡Que bonito lo has contado hijo! Ella te hubiera dicho “que vale, hermano”, así era mi Madre, amante de sus hijos y nietos y por supuesto su Gaspalito como llamaba a veces a mi padre. Mamá te queremos.

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