La agonía del ahorcado

La agonía del ahorcado

Mi hora había llegado. Lo supe en cuanto vinieron a matarme. Me sentenciaron a muerte tiempo atrás. Meses, tal vez. Mi crimen: los celos. Mi verdugo, de espaldas a mí, anudaba la soga. Fue su manera de anunciar mi desenlace. Hace falta estómago para dar una noticia así a la cara. Él no lo tenía, seguro. Mientras se preparaba, un hormigueo desagradable comenzó a subir desde mis pies hasta mi cabeza. Era el miedo. El miedo a dejar de existir, a abandonar esta vida.

Se acercó a mí con cautela. Me ató las manos a la espalda. Acto seguido, se situó delante mía. Busqué compasión en sus ojos. Él me evitó. Ocultaba su rostro bajo una máscara de vergüenza y cobardía. Durante un instante cruzamos miradas. Se despidió así de mí. Cerré mis ojos para no ver la soga descender hasta mi cuello. Mi verdugo ajustó el nudo. Noté la aspereza de la cuerda arañando mi piel. Mis piernas vacilaron, temerosas de lo que venía. No obstante, decidí afrontar con valentía mi final. Moriría con la cabeza alta, con orgullo.

El ejecutor suspiró. Conocedor del martirio que me esperaba, me susurró hipocresía al oído. «Tengo que hacerlo. Me han dejado sin opciones». Yo no quería que nadie actuara en mi favor. Deseaba que lo hiciera él. Por el tiempo compartido. Por el aprecio mutuo. Quien una vez salvara mi vida y mi alma, me hacía creerlo obligado a extinguirlas. Sus manos temblaban cuando procedieron a retirar el taburete sobre el que descansaban mis pies. Él estaba aterrado, tanto o más que yo. Aun así, eso no me reconfortó.

La soga se estrechó con la fuerza del tirón, abrasándome la piel. Mi cuerpo quedó suspendido en el aire. Mi verdugo me observaba. Su cara delataba la incomodidad que estaba experimentando. Yo clavé la vista en él, suplicando clemencia.

Al principio fue como aguantar la respiración bajo el agua. Pasado el primer minuto, la falta de aire me producía una sensación de ardor en el pecho. Necesitaba respirar. A partir de entonces comenzó mi tortura. Los segundos se hacían eternos. Perdí la cuenta de los pensamientos, de los recuerdos, que pasaron por mi mente. Abría y cerraba la boca con desesperación, como un pez, ansiando una bocanada de aire. Por ella derramé espumarajos. Llegué a pensar que los ojos se me saldrían de las cuencas, o que me estallarían como dos globos. La cuerda se apretaba más con cada sacudida de mi cuerpo. Forcejeé para liberar mis manos de sus ataduras, sin éxito. Mi garganta resoplaba de angustia. El horror que me invadía se apoderó del control de mi vejiga, vaciándola. La orina corrió piernas a abajo, mojando el suelo bajo mis pies.

Incapaz de presenciar mi agonía, mi verdugo se derrumbó. Manifestando la cobardía que lo caracterizaba, abandonó la sala. Contemplé, con un dolor más profundo que el que la soga me infligía, cómo se desentendió de mí, de su deber de permanecer a mi lado, de mi anhelo por su compañía. Cerró la puerta tras él para amortiguar el sonido de la muerte.

Asolado por mi reciente soledad, mi mente se ensombreció y mi cordura se desvaneció como un suspiro. Los estertores me despojaban del último halo de vida. Mi amargura llegaba a su fin. Todo terminaba.

Los ruidos cesaron. Mi cuerpo sin vida pendía de la cuerda. Aún oscilaba cuando la puerta se abrió. Mi verdugo accedió al interior con timidez, asegurándose de que yo había expirado. Sus ojos al fin revelaron la compasión que yo esperaba. Me abrazó entre sollozos. Retiró la cuerda soldada a la piel de mi cuello y me descolgó. Yo yacía en el suelo. Él, arrodillado a mi lado, me empapaba con sus lágrimas. Lágrimas de arrepentimiento. Lágrimas que significaban el inicio de su tortura: yo me había ido; él tendría que vivir con mi recuerdo hasta el último de sus días.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *