El mentiroso

El mentiroso

George aguardaba el momento, sentado en su sillón. Miraba a su esposa, que recogía la cocina o fingía hacerlo. Emily no podía ocultar su decepción. George cambió la vista al frente, a un punto indeterminado, con semblante serio y reflexivo. Un minuto más tarde, se abrió la puerta de la calle. Era Greg, el hijo. Llegaba del entrenamiento.

—Papá, mamá, ya estoy en casa.

El chico se dirigía a las escaleras para subir a su habitación a soltar la mochila.

—Gregory, acércate.

En la cara de Greg se dibujó una mueca de disgusto.

—¿Ocurre algo, papá?

—Tu madre cree que tienes algo que contarnos.

El chico dudó un instante y a continuación negó con la cabeza. Emily suspiró, consternada. George se levantó de un salto y se encaró con su hijo. Le dedicó un mirada severa, amenazadora. Trataba de intimidarlo y hacer que confesara. Pero por muy asustado que estuviera, Greg se mantenía firme en su respuesta. El padre bajó la cabeza hasta el cuello del chico y comenzó a olfatearlo.

—Papá, ¿qué haces?

—Tu madre tenía razón. ¡Apestas a tabaco!

—¡Que no fumo! Os lo he dicho cientos de veces. Algunos de mis amigos fuman pero yo no. Jay Hopkins y Stan Kerrington, por ejemplo. Paso junto a ellos muchas horas al día. Es normal que si ellos fuman, el humo se me pegue a la ropa.

—¡Calla! —gritó George—. ¿También les guardas el tabaco a tus amigos? Tu madre ha encontrado esto —le recriminó, mostrándole un paquete de cigarrillos medio vacío— escondido detrás de un diccionario de latín en tu estantería. Que yo sepa, tú no estudias latín. ¿Vas a reconocerlo ya?

Emily, viendo a su hijo acorralado ante las evidencias, se secó las lágrimas e intervino para suavizar la dureza con la que su marido reprendía al chico.

—Cariño, hemos hablado mucho del tema contigo. ¿No te hemos dicho ya lo malo que es esto para ti, para tu salud? ¡Sólo tienes trece años!

Greg tragó saliva tras oír las palabras de su madre y el tono con el que salían de su boca. Esas palabras, además, sirvieron para aplacar su creciente ira.

—Mamá, os juro que nunca me he acercado un cigarro a la boca. ¿De dónde sacaría el dinero para costearlo? Me he gastado lo último que me quedaba de mi paga en una entrada de cine y un antifaz para la fiesta del cumpleaños de Martha. Hay que ir disfrazado.

—A eso quería yo llegar —tartamudeó George—. ¿De dónde sacas el dinero para comprar tabaco? Espero que no hayas cogido dinero de casa porque si no…

Greg no pudo más. De un violento tirón, le arrebató a su padre el paquete de cigarrillos de la mano y lo aplastó delante de su cara hasta convertir la cajetilla en una bola. Sin desviar la mirada de la de su padre, fue hacia la cocina y se aseguró de que George observara cómo tiraba la bola a la basura, al tiempo que se defendía gritando.

—¿Ves lo que me importa a mí el tabaco? Si lo que queríais era probarme, no era necesario llegar a tanto.

Greg subió corriendo a su habitación, cerró la puerta y se metió en la cama. Ni siquiera respondió cuando su madre le insistió para que bajara a cenar.

Era ya bien entrada la noche. Emily dormía. Sin embargo, George no paraba de dar vueltas en la cama. Miró el despertador de la mesilla. Marcaba las dos de la madrugada. Se levantó. Entró en el cuarto de Greg, se acercó a su hijo y lo besó en la frente. Antes de abandonar la habitación, caminó de puntillas hasta la estantería y tanteó detrás del diccionario. Bajó las escaleras hasta la cocina. Rebuscó en la basura. Abrió la puerta de la calle y se sentó en el banco a tomar el aire. Miró su mano, desenrolló la cajetilla de tabaco y la sacudió un par de veces. Tomó uno de los dos cigarrillos que todavía quedaban intactos y lo prendió con el mechero. Le dio una calada mientras miraba al infinito. Así siguió hasta acabar el cigarrillo. Después subió de nuevo y entró en el baño. Se lavó las manos y la boca y tiró de la cisterna para que el agua se llevara la colilla. Finalmente, se volvió a acostar, como hacía cada noche.

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