El hombre con el sombrero de copa

El hombre con el sombrero de copa

Agazapado en la oscuridad, muerto de miedo. El doctor Aldricht se escondía bajo su cama, conteniendo la respiración; sudando, nervioso, sin saber si quedarse allí para siempre o reunir valor y salir para enfrentarse a lo desconocido. Sabía que era el único superviviente de toda la colonia. No había visto los cuerpos pero lo sabía en lo más profundo de su ser. Él era el único que permanecía con vida. La sombra que se había llevado a sus compañeros lo acechaba, esperando la oportunidad para hacerlo desaparecer a él también, para agotar su aliento. Sin embargo, sentía que debía hacer algo. Tenía que hallar la manera de contactar con la Tierra e informar con todo detalle de lo sucedido en la base. Al menos no moriría como un cobarde, bajo una cama.

El módulo de investigación donde se ubicaba el laboratorio no estaba lejos de su habitación. Apenas unos cien metros separaba a Aldricht de su objetivo. Allí encontraría lo necesario para enviar una advertencia al mando de la misión en la Tierra.

El doctor abandonó su escondite con sigilo, controlando cada movimiento de su cuerpo, escuchando en el silencio. Se deslizó hasta la entrada y pulsó el botón de la pared, no sin antes dudar unos segundos. La compuerta se abrió. Al otro lado, el pasillo no mostraba signos de actividad. Asomó la cabeza con cautela y miró a ambos lados. Tomó el pasillo a la izquierda y corrió tanto como le permitieron sus piernas. Sacó su tarjeta de identificación del bolsillo. La pasó, intranquilo, por el escáner. El aparato no respondió. Con pulso tembloroso lo volvió a intentar y esta segunda vez, el escáner reconoció la banda magnética del pase. Las compuertas se abrieron.

El interior del laboratorio parecía un lugar seguro. Paredes gruesas con revestimientos de acero, nada de cristaleras, y un único acceso. Aldricht entró a toda prisa. Con las manos húmedas se restregó la cara para enjugarse el sudor. Tenía las gafas casi empañadas. Se sorbió la nariz. Pasó de nuevo su tarjeta identificativa por el escáner del interior. A continuación, tecleó un código numérico y las compuertas se cerraron al instante herméticamente. Nada ni nadie podía entrar ni salir ya del habitáculo. Era el protocolo en situaciones de emergencia por incendio o de contención en caso de fugas de material de origen químico o biológico.

A su derecha, el doctor observó un extintor colgado de la pared. Lo agarró y, de un golpe seco, destrozó el panel, haciendo saltar chispas. «No voy a desaparecer como los otros», pensó. Respiró profundamente, con cierto grado de alivio, pero sin dejar de vigilar la entrada.

Se dirigió a su puesto y se sentó en él. Encendió el ordenador. Esperó a que se iniciara y conectara con el servidor. Introdujo unos comandos en la pantalla para iniciar una grabación en el diario de investigación, marcando la opción de enviar una copia al mando de la misión.

—Soy el doctor Albert Aldricht, estableciendo contacto desde la base lunar GEA II, en la cara oculta de nuestro satélite. La misión ha fracasado. Repito: la misión ha fracasado. Es de vital importancia que esta información llegue a manos de los responsables del proyecto. Durante la última semana han ocurrido… cosas. Cosas difíciles de asimilar, siniestras… El pasado miércoles —comenzó a relatar— tuvimos conocimiento de la desaparición de dos miembros del equipo científico. El jefe de seguridad y sus hombres no hallaron ni una sola pista en toda la base. Ni siquiera en los alrededores, en el exterior. Con el paso de los días, el número de colonos fue descendiendo sin justificación lógica. Hoy es martes, cuatro de abril. Creo que soy el último miembro de toda la expedición que queda con vida, o que al menos no ha desaparecido. —Un ruido procedente del techo lo distrajo unos segundos. Prosiguió, agilizando su discurso con voz temblorosa—. El único dato que tenemos… que tengo es… Puede parecer una locura, lo sé —gritó, mientras se agarraba el pelo fuertemente con ambas manos—, pero es cierto. La tripulación hablaba de un hombre con sombrero de copa. Nadie sabe quién es, si un miembro más de la expedición que se ha vuelto loco, si un polizón que se coló en la nave antes del despegue o… o si es algo que ya estaba aquí antes de que llegáramos nosotros. Yo mismo dudé al principio de tales rumores… hasta que también lo vi. Me saludó, como si nos conociéramos, con el brazo en alto. En mi cabeza, su voz me llamaba, me invitaba a irme con él. —Al recordarlo se le puso la piel de gallina—. Davies, Miller, Harper… Se los ha llevado a todos.

Aldricht creyó ver una sombra a su espalda. Saltó del asiento. Quizá su mente le estuviera jugando una mala pasada. O tal vez no. ¿Qué sabía él acerca del hombre con el sombrero de copa? Ya no estaba seguro de nada. El corazón taquicárdico parecía querer salírsele del pecho. Estaba al borde de la demencia. Se aproximó de nuevo al ordenador y, apoyando las manos sobre el escritorio, continuó hablando, aunque sin darse cuenta de que la grabación ya había sido enviada.

Una figura oscura se alzó ante él. El doctor palideció. Enmudeció. No podía moverse. Estaba paralizado. No luchó, ni siquiera lo intentó. El pánico se apoderó de su cuerpo, de su mente. El horror con forma de hombre con sombrero de copa venía a llevárselo.

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