El día después

El día después

El anciano encontró la llave en su bolsillo. La miró nostálgico, haciendo memoria de los años que había enseñado la asignatura de Religión en el colegio del cual le acaban de cesar. Aún no se lo explicaba, y eso que no dejaba de darle vueltas a la cabeza. ¿Cómo lo habían llevado esos tres niños al borde de la desesperación? Si bien Dios está en todas partes, ¿no lo estaría aún más cerca del pastor que intenta guiar a las ovejas descarriadas? Bueno, más bien a esos lobos disfrazados con piel de oveja.

Nunca en la vida había blasfemado, y no por falta de motivos, sino porque sabía que él llevaba razón, que las Escrituras no mentían; tenía la verdad en sus manos. La ciencia había avanzado mucho, cierto. Don Saturnino era de los que usaba el mando a distancia para cambiar de canal, y volvía a dejarlo frente al televisor, aunque tuviera que levantarse cada vez. Tenía un móvil anticuado, de botones grandes y pantalla minúscula cuya luz amarillenta se encendía ante cualquier llamada entrante o saliente, o pulsación de teclas. Hasta usaba su ordenador, que funcionaba con Windows 95, para escribir los cantos del domingo. Era un negado para las nuevas tecnologías, lo tenía asumido, pero aún así las aceptaba. Pero lo que no iba a tolerar de ninguna manera era que un grupo de imberbes con bata blanca le convencieran de que el hombre procedía del mono. ¡De un mono, nada menos! ¿Acaso el hombre se rascaba con frecuencia? ¿Se eliminaba los parásitos en comunidad? De ser así, ¿por qué la gente seguía acudiendo a rezar a los templos, a las iglesias, en lugar de a la jaula de los simios en los zoológicos?

Era una pregunta retórica, pero imaginó que en un futuro, podría darse esta situación. ¿Por qué no? Ya había visto mucho. Los templos cambiarían sus bóvedas por barrotes al aire libre. La gente llenaría el cepillo de cacahuetes, a lo sumo, plátanos. Y esos locos de las batas blancas hasta enseñarían a los gorilas a consagrar el pan y el vino. Sustituirían la imagen del Crucificado por un orangután en peligro de extinción. ¡Qué horror! Nada más pensarlo, al viejo cura le dio un soponcio. Se recostó en el banco y se llenó la boca con un puñado de frutos secos. Los masticó con rapidez hasta que un garbanzo tostado confirmó la necesidad de erradicarlos de los paquetes de frutos secos. Al notar cómo le crujió la muela saltó del banco.

—¡Me cago en Dios y en el que ha tostado los garbanzos!

Se quedó paralizado, lo había vuelto hacer. Había blasfemado de nuevo. «Padre, ¿qué me está pasando? ¿Se me pasará esto?», preguntaba mirando al cielo, esperando una respuesta. Ésta tardó unos segundos en llegar. En forma de excremento de paloma en el hombro derecho.

—Señor mío, si ésta es tu voluntad, así sea. Sé que la he cagado y esto es lo que merezco.

Sacó un pañuelo de tela de su bolsillo. Lo desdobló, y manteniendo la cabeza lo más lejos que le fue posible del hombro, mirando de reojo, procedió a limpiarlo entre arcadas. «Qué respuesta más apestosa, señor», pensó.

—Tomad estos ricos garbanzos, pájaros del demonio. Así se os parta el pico igual que a mí —les dijo a las palomas, arrojándoles todos los garbanzos que le salían en el paquete.

Recordó la de veces que había aconsejado a los feligreses de su edad que no era vida la de pasarse las tardes en un banco del parque alimentando a las palomas, que debían hacer vida comunitaria. Entonces se levantó y echó a andar. Al día siguiente se pasaría por el colegio a devolver las llaves del que hasta el día anterior había sido su departamento.

—Y de paso, les echo un último vistazo al traserete de doña Sonia y a los de las nuevas, que fuera de la docencia, de la parroquia no me sacan ya, y allí sólo van viejas bañadas en colonia. Anda que no.

Un comentario sobre “El día después

  1. Éste relato es un adelanto, parte de un proyecto que tengo entre manos. Con él he participado este mes en el taller de escritura creativa de Literautas.com. Espero que os guste.

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