Calor sofocante

Calor sofocante

El calor era intenso. Desde hacía dos semanas, las temperaturas eran altas. En menos de un mes entraría el verano. Mary Ann estaba tumbada en el sofá. Se había mareado y le habían entrado náuseas. El test había dado positivo. Las dos líneas eran bien visibles; no había lugar a dudas, estaba embarazada. Lo sospechaba desde hacía un mes y medio pero no había encontrado ni el momento ni el valor para contárselo a su novio. Nunca antes habían hablado del tema y no sabía cómo se lo iba a tomar él. Mary Ann esperaba a que ocurriera algún acontecimiento importante, como un ascenso o una subida de sueldo de su pareja, que suavizara la noticia, y ni siquiera así se sentía con fuerzas. Arrojó el test al inodoro y tiró de la cisterna.

El ventilador no funcionaba. Ya se lo había dicho a Nathan, que había que comprar uno nuevo. Ése era ya muy viejo. Cuando lo encendían, las aspas giraban apenas una vuelta completa, con mucha lentitud, para terminar parándose y tardar un tiempo en hacer lo mismo.

Mary Ann se removió en el sofá, sudorosa. El bochorno la estaba dejando agotada. Tomó la botella de agua fría y llenó con ella el vaso que estaba sobre la mesita delante del sofá. Se lo bebió del golpe, sin pausa. Le refrescó la garganta y le alivió un poco pero aún así, seguía sintiéndose débil. Acto seguido, levantó las caderas para acomodar el cojín. En ese momento, rozó algo con la mano derecha, algo que se ocultaba entre el asiento y el respaldo. Extrañada, lo sacó y comprobó que era un sobre. «¿Y esto qué hace aquí?». Tenía la solapa abierta. Quizá se hubiera colado ahí sin que se dieran cuenta. En lugar de abrirlo, comenzó a divagar sobre el contenido de la carta. Le dio la vuelta al sobre y advirtió que era del banco. Se asustó cuando oyó la cerradura de la puerta abriéndose. Era Nathan, que regresaba del trabajo. Escondió la carta a toda prisa donde mismo la había encontrado.

—¿Cómo estás, querida? —le preguntó, besándola en la frente.

—Cansada. Hace calor. El ventilador no funciona.

—Ya. Un día de éstos compraré uno nuevo. ¿Hay cena?

—En la nevera. Sobras de ayer —respondió la mujer con frialdad. Él no dijo nada pero su silencio la incomodó—. Nathan, tenemos que hablar. Tengo algo que contarte.

—Claro, cielo. Cuando cene. Hoy hemos tenido que trabajar más de lo previsto y llevo todo el día sin probar bocado. ¿Me acompañas?

Ella se levantó y fue a la cocina para ayudarlo a poner la mesa y calentar la comida. Se sentaron juntos a la mesa.

—Hoy he tenido mareos. Tuve que tumbarme en el sofá…

—Seguro que es por este calor sofocante —le cortó él, restándole importancia.

—Toda la tarde. Y también he tenido náuseas.

Nathan paró de comer, suspiró y soltó los cubiertos a cada lado de su plato. Levantó la vista y clavó sus ojos en ella.

—Últimamente apenas comes. Te noto apagada, triste, desde hace un par de semanas. Estás desmotivada. Mira la casa. Hay polvo por todas partes; está sucia y desordenada. Tienes todo el día para preparar una cena decente, y sin embargo, mira: sobras de ayer. Yo estoy todo el día fuera de casa, trabajando por y para nosotros. Sería justo que tú hicieras tu parte. Dime, ¿qué has hecho hoy? —Al no obtener respuesta, meneó la cabeza y siguió comiendo.

Mary Ann estaba dolida. Tenía la mirada fija en el centro de la mesa. Hizo todo lo posible por contener las lágrimas. No iba a darle la satisfacción de verla llorar. Como siempre sucedía, él se levantaría de su silla y la consolaría con su cínico paternalismo, humillándola más aún, si cabía. Un nudo en la garganta le impedía decir nada, defenderse, contarle lo del embarazo. Otra cena más, ninguneada, ignorada, sola. Aún faltaba un año para la boda pero la convivencia estaba siendo un infierno para ella. Echaba en falta la dulzura, la complicidad de pareja y la confianza. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más confusa se sentía. En los cinco años que llevaba con Nathan, era incapaz de recordar un momento en el que se hubiera sentido amada de verdad, especial, un momento en que su pareja lo hubiera sacrificado todo por ella. Tal vez había vivido una ilusión, tal vez se había imaginado una vida incierta para sobrellevar la cruda realidad. «¿Qué soy para Nathan?». En ese instante dudaba de cualquier sentimiento hacia su pareja, que no fuera rabia e impotencia. «¿Cómo he llegado a esto?». Su madre. Su madre tenía parte de culpa. No era la primera vez que deseaba tirar la toalla, romper el compromiso y los planes de boda. Sin embargo, su madre siempre estaba ahí para quitarle esas ideas de la cabeza. «¿Y adónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer con tu vida? Él tiene un buen trabajo, una casa grande, mucho dinero. Nunca te va a faltar de nada. No tendrás ni que trabajar. Quizás tengas que hacer pequeños sacrificios, pero merecerá la pena», le decía su madre constantemente.

—¿Recoges esto? Voy a darme una ducha.

Ella se limitó a asentir con la cabeza, sin pronunciar palabra alguna. Llevó los platos a la cocina y los metió dentro del fregadero. Volvió al salón y se dejó caer pesadamente sobre el sofá. Seguía cansada. Desde ahí podía oír el agua de la cucha caer y supo que Nathan tardaría en bajar. Sacó la carta oculta entre los cojines y la abrió. Era un extracto bancario de los gastos y movimientos que habían tenido lugar en el último mes. Constaba de varios folios grapados. En él figuraban pagos y cargos en la tarjeta de su novio que le resultaban extraños, ya no sólo por la fecha y el lugar en los que habían tenido lugar las transacciones, sino por la elevada cuantía de las cifras. Alterada, se incorporó para leer con más detalle. Hoteles, restaurantes, una floristería, un casino y un club social. «Debe ser un error del banco. Esto es imposible». Nathan trabajaba hasta tarde, no tenía tiempo de ir a casinos ni a clubes sociales. Y ella no reconocía los hoteles ni los restaurantes; nunca habían ido a comer a esos sitios. ¿Y la floristería? Él no era un hombre detallista; nunca le había regalado flores. Los nervios se estaban apoderando de ella. Sentía una punzada en el corazón, una presión en el pecho que le hacía respirar con dificultad. No fue hasta que pasó de la primera página cuando tuvo un ataque de ansiedad. Le faltaba el aire, se asfixiaba. Necesitaba romper a llorar pero no podía. Se puso de costado en el sofá y apretó un cojín contra su cara. Abrió la boca y gritó lo más fuerte que pudo para liberar toda la rabia y la impotencia que había acumulado. El cojín amortiguó el grito y el ruido de la ducha ayudó a que no se oyera arriba. En la segunda página del extracto bancario, venía reflejado el pago de la cuota del club social, cuota a nombre de su novio. Supo entonces que él la engañaba. La había traicionado. Tenía una amante o se acostaba con prostitutas. La llevaba a comer a restaurantes caros. Y parte del tiempo que él aseguraba que se lo pasaba trabajando para ellos, lo pasaba jugando o alternando en un club elitista.

Mary Ann sostenía la carta con fuerza. Quería romperla, hacerla pedazos. Por otra parte, pensaba en subir con ella y mostrársela a Nathan para pedirle explicaciones. ¿Pero de qué serviría? Seguramente, culparía al banco de un error informático o una confusión con otro cliente, negando la evidencia. «Ya sé por qué me ocultabas esta carta, pero no contabas con que la encontrara», se dijo, entrecerrando los ojos y apretando los dientes. Finalmente se relajó y volvió a dejar la carta donde estaba. Se subió la camiseta y se acarició la barriga a la altura del ombligo. «No te mereces un padre así».

—¿Cielo? Te espero en la cama. Estoy muy cansado —le dijo él al salir de la ducha.

—Enseguida subo.

Mary Ann esperó a que se durmiera y entonces se acostó ella. Trató de evitar el más mínimo contacto físico con él durante la noche. Sentía asco de su pareja. No le fue posible conciliar el sueño. En su mente no paraba de ver el extracto bancario y las opciones que tenía a partir de ahora. Casi sin darse cuenta, amaneció y sonó el despertador de Nathan. Después de vestirse y prepararse para ir a trabajar o donde quiera que fuese a esas horas, se despidió de ella con un beso en la mejilla. Mary Ann se hizo la dormida y aguardó en la cama hasta que su novio saliera por las puertas.

Después de mucho pensar, había tomado una determinación. Hoy sería el primer día de su nueva vida. Tenía ansias de libertad, de tomar las riendas de su destino. No tenía intención de seguir junto a un hombre que no la amaba, que no la respetaba, que no le daba su lugar, que la engañaba; y mucho menos, de comprometerse con él y darle un hijo, fruto de la mentira. Tampoco entraba en sus planes volver a casa y vivir bajo el yugo de una madre avariciosa y controladora, que la empujara de nuevo al borde del abismo. Todo eso debía quedar atrás, en el pasado. Ahora sólo miraba hacia el futuro, su futuro y el de su hijo.

Tenía varias horas por delante, así que se tomó su tiempo para desayunar. A continuación, cogió su maleta y metió lo imprescindible. Subió al vestidor y abrió la caja fuerte. De allí cogió unos tres mil dólares que guardaban para gastos imprevistos. Antes de marcharse, pensó en escribir una nota de despedida para Nathan, pero luego recapacitó y decidió que Nathan no se merecía ni siquiera unas palabras de despedida, así que cogió un papel en blanco y le dio un beso, dejando la marca de sus labios en él. Después lo dobló y lo introdujo dentro del sobre del banco oculto. Puso la carta sobre la repisa, apoyada en el viejo reloj de arena que su novio había heredado de su bisabuelo, y que tan horroroso le había resultado siempre. Así la tendría a la vista y no tardaría en encontrarla y en recibir su mensaje.

Al fin, salió de la que había sido su casa durante el último año. Dentro dejaba los peores momentos de su vida. Sin rumbo fijo, lo único que tenía claro es que se iba para no volver. Se iba para empezar a vivir.

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